Relatos (29): pasarse un día.
- Sr Jimenez

- Nov 3
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Formando parte de las costumbres sociales en Maracaibo estaban las visitas interfamiliares que se extendían por horas, con preferencia en los días domingo. Esa interacción, promoviendo la convivencia familiar, era conocida en el argot popular como “Pasarse un día”, en cuyo concepto primario se incluía la integración de personas para enterarse de los asuntos cotidianos y para definir acciones futuras derivadas e inmediatas. Resulta ser que esa misma fórmula podría estar presente en cualquier escenario en la vida y en especial en el plano laboral.
De cinco a seis de la mañana de un lejano día del año 1977, ya se dejaba asomar el sol por el oriente, por lo que un ingeniero recién empleado en una operadora de petróleo pudo divisar a lo lejos la aproximación de una lancha que se batía contra unas olas encrespadas que en ese lugar las conocían como marullos. De estar en lo cierto, esa lancha se acercaba a una gabarra en donde se encontraba el ingeniero, la cual estaba anclada en una locación en el lago de Maracaibo, y atracaría muy pronto en un espacio de la gabarra acondicionado como un muelle, procediéndose al cambio de guardia de una cuadrilla de trabajadores.

El cambio de guardia era como un ritual constituido por los gestos y el lenguaje de un grupo de hombres entregando y recibiendo la posta para un trabajo que se efectuaba sin interrupciones en la construcción de un costoso pozo de petróleo. El ingeniero se trasladó a una oficina para preparar un plan de actividades para cumplir en su visita a la gabarra y allí sentado observó con asombro, a través de una ventana que daba a un angosto corredor, cómo se paseaban los obreros sin ropas, tropezándose entre ellos en una vorágine de movimientos rápidos, como si estuvieran preparándose para desfilar en una tarima.
En ese comienzo del día, el ingeniero se preparaba para validar las condiciones de un lodo de perforación y para medir unas tuberías del futuro revestimiento del pozo. Transcurrido un corto tiempo, el ingeniero bajó a una estructura bajo la planchada de la gabarra y caminó sobre un piso de rejillas de hierro, bajo el cual se encontraban unos tanques o recipientes que contenían lo que parecía ser un chocolate líquido muy caliente, tanto que se tornaba insoportable, ya que los vapores impedían respirar con normalidad. Ese imaginado chocolate era en la realidad un lodo especialmente preparado para hacer posible la perforación del pozo, y en esos tanques se encontraba al completar un ciclo después de estar en el fondo del pozo expuesto a las altas temperaturas.
De esos tanques se tomaban unas muestras para que en un análisis de laboratorio se midieran sus propiedades. El ingeniero contaba con la asistencia de un técnico que se conocía como el wellcheker, quien solía embadurnarse sus dedos con el lodo caliente y en un alarde de su experiencia se pronunciaba con el valor de sus propiedades, que resultaban ser muy similares a las posteriormente medidas en el laboratorio. Al tener las medidas, se agregaban a la corriente del lodo aquellos sacos de químicos que eran necesarios para restablecer sus condiciones.
A media mañana y una vez que el gruero había acomodado la primera ruma de la tubería de siete pulgadas sobre la planchada de la gabarra, el ingeniero procedió junto con su asistente a medir cada tubo mientras contactaban a la empresa fabricante, el país de procedencia, el peso unitario por pie, las condiciones de la rosca y finalmente verificaban el diámetro interior e identificaban cada tubo con un número consecutivo. Aunque la longitud de esos tubos era muy cercana a los 10 metros, era muy importante identificar las diferencias decimales, constituyéndose en una tarea exclusiva del ingeniero, quien sería el único responsable para lograr que la corrida de esa tubería enroscada uniera el punto seleccionado más profundo del pozo con el anclaje en las válvulas en la superficie.

En paralelo con esas actividades, el ingeniero recibía información sobre el avance de la perforación del pozo, siendo partícipe de la solución de los problemas derivados del uso de la barrena, las pérdidas o ganancias del lodo y la validez del pronóstico geológico. Ese ingeniero, quien recordaba haber participado cuando niño en el tradicional “pasarse un día” del plano familiar, extendió a lo laboral la importancia de la interacción y de la convivencia con otros para enterarse de lo que significaba la esencia que movía a las personas en la misión para finalizar los proyectos.
Antonio Jimenez.



Así se construyó la gran industria petrolera Venezolana. Ingenieros en campo, aportando su valor a las operaciones de perforación de pozos.
Pasarse un día en el argot social de Maracaibo se refiere a una visita interfamiliar que se extiende por horas con preferencia en los domingos. Esos encuentros eran propicios para fortalecer la integración y la convivencia entre los miembros de las familias y su alcance podría extenderse hasta el plano laboral.