Relatos (53): la esmeralda.
- Sr Jimenez

- May 11
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Con dos años transcurridos desde la crisis de la estatal petrolera PDVSA del 2003, se rentó una pequeña sede de oficinas en Maracaibo para un emprendimiento de tres socios en servicios de consultoría y adiestramiento dedicado al sector petrolero. Por dicha sede desfilaron, para casting, unos profesionales despedidos de la estatal PDVSA, quienes se mantenían a la espera de oportunidades en el país, en donde la dificultad para lograrlo era notable por estar sometidos a un veto laboral del Estado y sus instituciones que los obligaba a cubrir su subsistencia conduciendo taxis, vendiendo alimentos y comidas preparadas, administrando cibercafés, peluquerías y tiendas de confecciones textiles, entre otras actividades bajo remuneradas.
En ese año, otros profesionales despedidos ya habían migrado al exterior ocupándose de trabajos más acordes con su preparación y experiencia, y eso abrió las puertas para dos olas migratorias especiales, con más del 90% de la gente con grados universitarios, destacándose un 40% con maestrías y un 12% con doctorados. La salida de esa población preparada despojó al país de empresarios, médicos, ingenieros, parte de su clase media y del cerebro funcional de PDVSA, y esos últimos, como era de esperarse, revalorizaron las empresas que extraían cualquier barril de petróleo en el mundo, siendo objeto de agradables reconocimientos públicos cada vez que se daba una ocasión para la rendición de cuentas a los empleados.
Esas puertas se abrieron para dos de los socios del emprendimiento, que no logró vencer el veto en Venezuela, e ingresaron a unas empresas de consultoría en México. Uno de ellos, al recibir una propuesta para viajar a Villahermosa en el año 2006, acudió inmediatamente, sin reparar en un malestar de gripe muy fuerte y en la falta de claridad para llegar al destino final.
En Villahermosa la temperatura y la humedad agobiaban desde la propia bajada del avión en el aeropuerto, y el malestar físico se tornó emocional al no distinguir un cartelito que, con el nombre del pasajero, acostumbraban a mostrar los encargados del transporte. Pero, afortunadamente, nada de eso impidió arribar al destino final, del que no se conocía la dirección en esa ciudad.
Al momento en que se contemplaba la placa de mármol, apropiadamente colocada a un lado de la entrada de un edificio, en la cual se leía “Torre Esmeralda”, se recibió una infusión de descanso o de refugio frente a las dificultades que nos impone la vida, que resultó tan solo comparable con el efecto en quien descubre la presencia de un oasis en un desierto.
En las 24 horas previas a ese momento se afloraron en los pensamientos los muchos años de logros profesionales que últimamente estaban como invisibilizados por un elemento de corte político, que siendo ajeno al desempeño laboral fue mal utilizado por una sociedad cómplice de mandos inmorales, afectando la vida de muchos como un virus muy destructivo de las carreras de méritos técnicos y gerenciales.

La palabra “esmeralda”, que se utilizó para el nombre de la torre, representa a una piedra preciosa a la que se le endilgan la esperanza y la renovación, al fomentar el crecimiento personal y el equilibrio emocional. A falta de tener esa piedra, se sentía que el edificio en sí mismo aportaría la protección contra las energías negativas y brindaría un equilibrio.
Esa buena vibra se volvió a manifestar al subir y entrar a un apartamento ocupado por dos colegas ex-PDVSA, recibiendo de ellos una solidaridad para pernoctar en una habitación que tenían disponible y, en la onda de la imaginación e interpretación positiva, se identificaron a esos colegas como una versión actual de los personajes de una de las obras más importantes de la literatura universal.

Ellos eran gerentes igualmente despedidos injustamente de la estatal petrolera y, como tal, habían heredado hipotéticamente el linaje de una clase noble. Uno de ellos actuaba como el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, por la defensa que hacía de la libertad, el valor para perseguir ideales nobles, aunque parecieran locuras, y por la importancia de vivir con autenticidad; y el otro actuaba como su fiel escudero Sancho Panza, por manejar la sensatez con inteligencia, buen juicio, prudencia, bondad y gran apetito.
A finales de ese año se efectuaron unas elecciones presidenciales en Venezuela y el “hidalgo” de la Torre Esmeralda mostró un elevado optimismo en el triunfo de la oposición, sin que decayera su ánimo ante el “escudero”, que siempre moderaba la intensidad de sus argumentos. Esas discusiones en la torre fueron muy similares a las descritas en la novela, como con la lucha entre Don Quijote y unos gigantes para su entendimiento y que, en la realidad, eran molinos de viento, como se lo había advertido su escudero.

En la novela que relata las hazañas de Don Quijote y de su leal escudero Sancho Panza se propone luchar contra la injusticia, y esa lucha es igual a la que se efectúa en Venezuela tras dos décadas y media de tiempo.
“Ves por allá, amigo Sancho, treinta o cuarenta gigantes, que tengo la intención de luchar con ellos y con su botín comenzaremos a ser ricos, porque esta es una guerra justa y la eliminación de una prole tan asquerosa de la faz de la tierra es un servicio que Dios bendecirá”.
Antonio Jimenez.


Con la crisis del 2003 en Venezuela y los despidos de miles de profesionales acreditados en la estatal petrolera, emergió la tenacidad de los afectados con su fuerza interna, perseverancia, disciplina y la capacidad de superar obstáculos para alcanzar sus objetivos profesionales.