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Relatos (45): el torturador.

  • Writer: Sr Jimenez
    Sr Jimenez
  • Mar 16
  • 3 min read

La señora Jesusita vivía en una casa en una esquina, en donde confluían varias veredas internas de una urbanización popular en Maracaibo, la más poblada ciudad occidental de Venezuela. La puerta de entrada a esa casa estaba en alto, como a un metro del piso, y tenía una escalera encofrada formando lo que se conoce como un enlosado. Cualquiera que se sentara en ese enlosado se convertía en un eficiente vigía, divisando a lo lejos a las personas que se aproximaban hacia la casa, dando el tiempo necesario para un rápido análisis de seguridad y para una reacción tanto amistosa como de defensa.


Ese enlosado era el sitio preferido de un hombre moreno, corpulento y de pelo crespo, quien mantenía un concubinato con una de las hijas de la señora Jesusita. De esa relación habían nacido dos hijos que permanecían bajo el cuido de su madre, viviendo los tres en la casa, mientras que el sujeto moreno solo llegaba de visita y estaba por unas horas, sentado y muy precavido en el conveniente enlosado.


Carlitos era el nombre de pila del moreno, de quien los vecinos sospechaban de unas actividades ocultas detrás de su comportamiento evasivo y de bajo nivel afectivo en el plano familiar. Entre ellos se manejaba la información de que se dedicaba como un esbirro de la seguridad nacional del dictador Pérez Jimenez y se encargaba de unos interrogatorios ilegales, infringiéndoles dolor a las víctimas.

Los vecinos mayoritariamente mantenían un silencio que podía ser tomado equivocadamente como de complicidad con Carlitos, pero en la realidad actuaban así por miedo a ser falsamente involucrados e incluidos entre a quienes les violaron sus derechos humanos en la época de la dictadura. Los vecinos también se autocensuraban de frente a la vecina pareja de Carlitos, aunque mantenían la atención en como reaccionarían una vez que pasara ese régimen de terror.


La tortura y los tratos crueles, inhumanos o degradantes, ya sean físicos o psicológicos, persisten en Venezuela, en donde las prácticas perversas han superado la de extracción de uñas y el mantenerse de pie sobre un rin de acero, que constituían las torturas más usadas y comentadas en los años cincuenta del siglo anterior.

Las consecuencias físicas y psicológicas para las víctimas de tortura suelen ser muy graves, incluso irreparables, y requieren un largo proceso de rehabilitación y reintegración. A los torturadores se les refuerza la adicción por la perversión y el sadismo a través del continuo ejercicio de la actividad, y al analizar esos comportamientos, existen experiencias vitales comunes y rasgos psicológicos específicos.


Los reclutadores de los potenciales torturadores se basan en ese perfil y califican positivamente que los aspirantes posean el don de la obediencia, de la lealtad y de la favorabilidad por pactos con un fuerte sentido de pertenencia a un nuevo grupo. El proceso para formar los torturadores vence a cualquier capacidad de empatía, todos los aspirantes dejan de lado sus identidades individuales en pos de un ideal colectivo.


Los sujetos quedan completamente subordinados al funcionamiento psicológico del sistema al que pertenecen. Los mecanismos de defensa de su conducta se manifiestan a través del discurso plano y monstruoso que niega los hechos, trivializa los actos, minimiza su responsabilidad, justifican con fundamentos morales e incluso culpabilizan a las propias víctimas.


El problema de los torturadores es que tienen una identidad y no permanecen inadvertidos ante quienes lo rodean en su vida en sociedad. En el caso de Carlitos, su destino es desconocido, ya que desapareció de la escena en el mismo 23 de enero de 1958.  


Antonio Jimenez.

2 Comments


ritarobaina
ritarobaina
Mar 16

Muy lamentable y terrible que una persona tenga que ganarse la vida causando dolor a otros. Una mente que ha vivido de infligir sufrimiento difícilmente logra encontrar calma o estabilidad, incluso si abandona esa actividad; la huella de lo vivido suele acompañarla durante el resto de su existencia.

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Sr Jimenez
Sr Jimenez
Mar 16

Los torturadores son sujetos completamente subordinados al funcionamiento del sistema al que pertenecen. En su defensa manejan un discurso que niega los hechos, trivializa los actos, minimizan su responsabilidad, se justifican con fundamentos morales e incluso culpabilizan a las propias víctimas.

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